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Muchos propósitos, deseos y objetivos me había trazado para cumplir en el 2020. Lo que no sabía cuando los formulé era que el año que acaba de pasar iba a ser uno de los más siniestros e insólitos en la historia de la humanidad. Un bicho microscópico de características mefistofélicas ha puesto en jaque al planeta y trágicamente en jaque mate a millones de personas.

No quiero sacar excusas para confesar que no pude cumplir con muchos de los sueños y cometidos que me había propuesto el año pasado. El tubo no tuvo la culpa esta vez; diría que yo tampoco. El que la tuvo fue el coronavirus o el covid-19, como le quieran decir a esta alimaña. 

El físico teórico y cosmólogo británico Stephen Hawking, uno de los últimos sabios que produjo la humanidad, advirtió hace unos años que la extinción de la vida en el planeta no vendría por cuenta de una guerra atómica o nuclear, sino debido a la acción pandémica y devastadora de un virus. Hawking pronosticó que sería dramáticamente peligrosa la mutación de un virus, de un organismo minúsculo con efectos extremadamente mortales para el homo sapiens.

Sería tan sabio este profeta inglés que consideraba que Donald Trump era una amenaza para la raza humana, al advertir que el ejercicio de su poder al frente del Gobierno de Estados Unidos tendría graves efectos en asuntos nucleares y ambientales. "Al negar la evidencia del cambio climático y retirarse del Acuerdo de París, Donald Trump causará un daño ambiental evitable a nuestro hermoso planeta, poniendo en peligro a la naturaleza, a nosotros y nuestros hijos", aseveró Nostradamus Hawking en una entrevista a la BBC. Acertó con precisión en sus tesis históricas sobre la génesis del tiempo y en las futuristas sobre el apocalipsis.

Uno de mis propósitos del año pasado era el de trabajar por tener una buena salud física, emocional, mental y espiritual. En primera instancia, para ello debía hacer ejercicio, ir al gimnasio, salir a caminar o trotar, montar en bicicleta o nadar. Pero cómo hacerlo en medio de la pandemia, la cuarentena, el confinamiento, los toques de queda, el pico y cédula, la responsabilidad individual y social y el miedo a infectarse o infectar a alguien. No obstante, algo de ejercicio pude hacer en el aislamiento, sobre todo el relacionado con los oficios caseros y con las caminatas de la sala al estudio, de este a la cocina y viceversa. Resultados tangibles: cinco kilos de más y un intenso deseo de exterminar a vecinos, colegas y autoridades.

La propuesta para este 2021 que se nos vino sin solución de continuidad es la de encontrar estrategias viables para hacer ejercicio en casa sin pensar ilusamente en la posibilidad de ir al gimnasio, que volverá a estar cerrado; ni de salir a la calle a trotar o montar bicicleta, que estará prohibido; ni de ir a nadar -ni a nada- porque las piscinas o playas estarán clausuradas.

En segunda instancia, y pensando en la salud emocional y mental, me había propuesto intensificar las prácticas de yoga, meditación y mindfulness para aquietar el continuo de pensamientos, generalmente apocalípticos; equilibrar las energías, generalmente en colisión, y profundizar en el ser, casi siempre difuso. Debo reconocer que estuve cerca de coronar estos objetivos. Habrá que seguirlo intentando este año. Resultado tangible: no exterminé a vecinos, colegas ni autoridades.

Otro de los compromisos del 2020 era el de dedicarle más tiempo a la lectura y ponerme al día -leer o releer- algunos textos clásicos. “Entre los libros que tengo en salmuera para leer -o releer- se encuentran el ‘Ulises’ de Joyce (colosal, vanguardista y caótica obra de 267.000 palabras y 1.000 páginas), la ‘Eneida’ de Virgilio (epopeya latina de casi 10.000 hexámetros dactílicos, agrupada en 12 libros) y el conjunto de obras que componen la tragedia griega…”, pensaba ingenuamente a principios del 2020. Pues no leí ni releí ninguno de estos libros. Resultado tangible: la pandemia me indujo a leer otros, entre varios, como “La peste”, de Albert Camus; el “Decamerón”, de Boccaccio; “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y hasta “El milagro antiestrés”, de Carlos Jaramillo. Resultado tangible: los unos por los otros.

La biblioteca sí sigue esperando que la termine de ordenar. Pese a las aplicaciones tecnológicas que mencionaba el año pasado y que supuestamente facilitan esta engorrosa labor, me queda una estrategia: ¡auxilio! La ayuda incluye la de obtener información confiable sobre cómo y a dónde regalar o donar libros. Esto cuenta como meta para este año. 

La aspiración de viajar con frecuencia se vio truncada por las mismas razones que provocó el bicho. Al menos en uno de sus sentidos: el de viajar hacia afuera, físicamente. Sólo quedó y queda la posibilidad de viajar hacia adentro, desde el plano espiritual y estético. Lo reitero citándome (¡qué horror!): “Viajar a través del arte, de la lectura, de la música, del cine, de la meditación”. Viajé bastante en este sentido, aunque no lo suficiente. Insistiré en este empeño a través de la imaginación y la creatividad. No hay otra opción. 

También le haré caso a Hawking: desde esta dimensión minúscula de los terrícolas, observaré en las noches la gigantesca bóveda celeste con el fin de tratar de vislumbrar el planeta o lugar del Universo al que debe trasladar su hogar la humanidad para huirle a la mutación del virus, la guerra nuclear y el cambio climático. Le pondré el ojo como él al sistema Rikel Centaurus, mejor conocido como Alfa Centauri. Según el sabio inglés, ésta es la única manera de evitar la extinción del homo sapiens y de escapar antes de que la Tierra se convierta en una infernal bola de fuego. Sobrevivir es la consigna para este 2021. Y viajar, pero viajar a otros mundos.
 

Fuente

Sistema Integrado Digital

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